El Modelo Millonario

oscar wilde escritorAutor: Oscar Wilde
Fecha de Publicación: 1891
Género: Cuento
Idioma: Castellano

En el cuento de El modelo millonario Oscar Wilde expone alguna de sus grandes dotes para elaborar frases de una potencia arrebatadora. En el relato de El modelo millonario Wilde expone la historia de un chico encantador que no ganaba dinero, un chico popular entre hombres y mujeres, pero sin dinero. Descubre el cuento de El modelo millonario de Wilde en la biblioteca de Todos los Autores.

El Modelo Millonario, de Oscar Wilde (1891)

A menos que uno sea rico, no sirve de nada ser encantador. La vida idílica es un privilegio para los ricos, no la profesión de los desempleados. Los pobres deben ser prácticos y prosaicos. Es mejor tener ingresos, que ser encantador. Estas son las grandes verdades de la vida moderna que Hughie Erksine jamás llegó a comprender. ¡Pobre Hughie! Intelectualmente hablando, no era de mucha importancia. Nunca dijo una cosa brillante, o malintencionada en su vida. Pero, eso sí, él era sorprendentemente bien parecido, con su cabello castaño y rizado, perfil claro, y sus ojos grises. Era tan popular tanto con los hombres como con las mujeres, y tenía todos los éxitos, excepto el de ganar dinero. Su padre le había heredado su espada de caballería, y una edición de la Historia de la Guerra Peninsular en 15 tomos. Hughie puso la espada sobre su espejo, y colocó la Historia… en un estante entre el Ruff’s Guide y el Bailey’s Magazine, y vivía con una renta anual de 200 libras que le facilitaba una vieja tía. Él había intentado todo. Había estado en la Bolsa durante 6 meses, pero ¿qué hacía una mariposa entre toros y osos? Había sido vendedor de té por un tiempo, pero pronto se cansó del pekoe y el souchong. Entonces trató de vender jerez seco. Pero esa no era la respuesta, el jerez era muy seco. Finalmente, se dedicó a no ser nada, un joven inútil y encantador con un perfil perfecto sin profesión.

Para empeorar las cosas, se enamoró. La mujer que amaba era Laura Merton, la hija de un coronel retirado que había perdido su temperamento y su digestión en la India, sin encontrar lo uno ni lo otro. Laura lo adoraba, y él estaba dispuesto a besar la punta de sus zapatos. Ellos formaban la pareja más encantadora de Londres, pero entre los dos no reunían ni un penique. El coronel estaba muy encariñado con Hughie, pero no quería oír nada acerca de compromiso.

«Ven, hijo, cuando tengas diez mil libras a tu nombre, y ya veremos», solía decir; y Hughie se ponía muy deprimido en esos días, y acudía a Laura para consolarse.

Una mañana, cuando él iba a Holland Park, donde vivían los Merton, se detuvo a ver a un gran amigo suyo, Alan Trevor. Éste era pintor. En efecto, pocos evitan esta fiebre hoy día. Pero era también un artista, y los artistas, por el contrario, son muy raros. Personalmente, él era un hombre raro y rudo, pecoso y de barba maltratada. Sin embargo, cuando tomaba el pincel, se convertía en un maestro, y sus cuadros eran ansiosamente buscados. Él había estado muy atraído por Hughie al principio, pero hay que decirlo, solo en lo referente a su personal encanto. «La única persona que un pintor debería conocer», solía decir, «es a la gente tonta y bonita, de ésas que son un placer artístico cuando se admira, y un descanso intelectual a la hora de hablar. Los hombres bellos y las mujeres encantadoras deberían gobernar el mundo, o al menos, deberían hacerlo.» Sin embargo, después de conocer a Hughie mejor, le cayó tan bien por su alegría, su espíritu impulsivo, su generosidad, y su imprudencia natural, y le había dado acceso permanente a su estudio.

Cuando Hughie llegó, encontró a Trevor realizando los retoques finales a una pintura de tamaño natural de un mendigo. Éste se encontraba de pie en una plataforma levantada en un rincón del estudio. Era un hombre viejo y arrugado, cuyo rostro era semejante a un pergamino, y poseía una expresión muy lamentable. Sobre sus hombros portaba una capa gruesa de color marrón, llena de desgarrones y hoyos, sus botas gruesas estaban remendadas e improvisadas, con una mano se apoyaba en un pilar, mientras que con la otra sostenía un sombrero maltratado para recibir la limosna.

«¡Qué modelo tan emocionante!» susurró Hughie, mientras saludaba con la mano a su amigo.

«¿Emocionante?» grito Trevor, lo más alto que pudo. «Debí pensar en ello. Mendigos como él no se encuentran todos los días. A trouvaille, mon cher, ¡Un Velázquez en persona! ¡Cielos, lo que Rembrandt daría por él!»

«¡Pobre viejo!» dijo Hughie, «¡luce tan miserable! Pero supongo, para tus pinturas, este rostro es una fortuna.»

«Seguramente», replicó Trevor, «tú no querrías que un mendigo luzca felíz, ¿cierto?»

«¿Cuánto cobra un modelo por sesión?» preguntó Hughie, mientras encontraba un asiento confortable en un diván.

«Un chelín por hora»

«¿Y cuánto podrías obtener por tus pinturas, Alan?»

«¡Oh, por ésta puedo obtener 2000!»

«¿Libras?»

«Guineas. Los pintores, poetas y físicos siempre cobramos en guineas.»

«Bueno, pienso que el modelo debería tener un porcentaje», dijo Hughie, riéndose. «El trabajo que hace es tan difícil como el tuyo.»

«¡Tonterías, tonterías! Mira la molestia de poner la pintura solamente, y estar todo el día frente al caballete. Está todo muy bien, Hughie, para ti hablar, pero te aseguro que hay momentos en los que el arte casi consigue ha dignidad de la labor manual. Pero no habléis mucho; pues estoy muy ocupado. Fuma un cigarrillo y quédate quieto.»

Después de algún tiempo, entró el sirviente, y le dijo a Trevor que el enmarcador deseaba hablar con él. «No te vayas Hughie» dijo mientras salía. «Volveré en un momento».

El viejo mendigo tomó ventaja de la ausencia de Trevor para descansar en una banca de madera que estaba detrás de él. Lucía tan desamparado y miserable que Hughie no podía dejar de compadecerse de él, y buscó en sus bolsillos para saber qué monedas tenía. Todo lo que pudo encontrar fue un soberano, y algunos peniques. «Pobre hombre viejo» dijo para sí mismo. «Él lo querrá más que yo, aunque eso signifique no más viajes en transporte por una quincena»; y caminó a través del estudio, y deslizó el soberano en la mano del mendigo.

El hombre viejo lo miró, y una débil sonrisa se esbozó en sus labios marchitos. «Gracias, señor», dijo. Entonces Trevor llegó, y Hughie se despidió, ruborizándose un poco por lo que había hecho. Pasó el día con Laura, obteniendo una encantadora reprenda por su extravagancia. Y tuvo que caminar a casa.

Esa noche fue al Pallete Club, cerca de las once, y encontró a Trevor sentado en el salón de fumar bebiendo vino del Rhin, y agua carbonatada. «Bien, Alan, ¿habéis terminado la pintura?» dijo, mientras encendía su cigarrillo.

«¡Terminado y enmarcado, mi amigo!», respondió Trevor. «Y, además, habéis hecho una conquista. El viejo modelo que viste está muy encariñado contigo. Tuve que contarle todo sobre ti: quién eres, dónde vives, tus ingresos, tus planes…»

«Mi querido Alan» sollozó Hughie. «Probablemente lo encuentre esperándome en casa. Pero, por supuesto, tu solo te diviertes. ¡Pobre viejo desventurado! Desearía poder hacer algo por él. Creo que es espantoso que uno pueda ser tan miserable. Tengo montones de ropa vieja en casa. ¿Crees que le pueda servir de ayuda? Porque sus harapos se caen a pedazos».

«Pero luce espléndido en ellos» dijo Trevor. «No podría pintarlo en un saco jamás». Lo que llamáis harapos, yo llamo romance. Lo que veis como pobreza, para mí es pintoresquismo. Como sea, le diré acerca de tu oferta.»

«Alan», dijo seriamente Hughie, «ustedes los pintores no tienen corazón». «El corazón de un artista está en su cabeza», replicó Trevor. «Y aparte, mi trabajo es representar el mundo a cómo podemos verlo, no reformarlo a como sabemos de él. A chacun son metier. Y ahora dime, ¿cómo está Laura? El viejo modelo está muy interesado en ella.»

«¿No querrás decir que le contaste acerca de ella?» preguntó Hughie.

«Eso mismo. Está enterado sobre todo acerca del implacable coronel, la amada Laura, y las 10000 libras.»

«¿Le contaste al viejo mendigo todos mis asuntos personales?» exclamó Hughie, muy rojo de lo enojado que estaba.

«Mi querido amigo» dijo Trevor, sonriendo, «aquel viejo mendigo, como tú lo llamas, es uno de los hombres más ricos de Europa. Podría comprar todo Londres mañana sin sobrecargar su cuenta bancaria. Posee una casa en cada capital, cena en vajilla de oro, y puede impedir que Rusia entre a la guerra cuando él lo desee».

«¿Qué rayos quieres decir?», exclamó Hughie.

«Lo que dije», dijo Trevor. «El hombre viejo que viste hace rato en el estudio era el barón Hausberg. Es un gran amigo mío, compra todas mis pinturas, y esas cosas, y me da una comisión desde hace un mes para pintarlo como un mendigo. Que voulez-vouz? La fantaisie d’un millonaire? Y debo decir que hace un gran personaje en sus harapos, o debo decir, en mis harapos, de un viejo traje que obtuve en España.»

«¡El Barón Hausberg!» exclamó Hughie. «¡Cielos! ¡Y le di un soberano!»

Y se refundió en su sillón, consternado.

«¡Le diste un soberano!» gritó Trevor, y estalló en risa. «Mi querido amigo, jamás lo volveréis a ver de nuevo. Son affaire c’est l’argent des autres!

«Pienso que debiste decirme, Alan» dijo Hughie molesto, «y no tener que dejarme sentir como un tonto.»

«Bien, para empezar, Hughie», dijo Trevor, «nunca me imaginé que anduvieras dando limosna de esa forma tan descuidada. Puedo entender que beses a una bella modelo, pero darle un soberano a alguien tan feo, ¡por dios, no! Además, el hecho es que yo no estaba para nadie en casa, y cuando llegaste no sabía si Hausberg deseaba que yo mencionase su nombre. Sabes que no estaba vestido apropiadamente.»

«¿Qué deberá estar pensando acerca de mí, que soy un tonto?» preguntó Hughie.

«De ninguna manera. Él estaba muy emocionado después de que te fuiste, se reía para sí mismo, y frotaba sus viejas y arrugadas manos. No entendía por qué estaba muy interesado en saber todo sobre ti, pero ahora lo veo. Invertirá tu soberano en tu nombre, Hughie, te dará los intereses cada 6 meses, y tendrá una historia para contar después de la cena.»

«Soy un desafortunado», refunfuñó Hughie. «Lo mejor que puedo hacer ahora es ir a la cama, y mi querido Alan, no deberías decir nada. No podría atreverme a pasear por el Row.»

«¡Tonterías! Eso refleja el crédito más alto a tu espíritu filantrópico, Hughie. Y no te vayas, toma otro cigarrillo, y puedes hablar de Laura tanto como quieras.»

Sin embargo, Hughie no se detuvo. Caminó hacia su casa, notablemente deprimido, y dejando a Alan muerto de risa.

A la mañana siguiente, después de desayunar, su sirviente le trajo una carta en la que estaba escrita: «Monsieur Gustave Naudin, de la parte de M. le Baron Hausberg». «Supongo que esperará una disculpa», se dijo Hughie, y le dijo al sirviente que dejara pasar al visitante.

Un caballero viejo con gafas doradas, y cabello gris entró al cuarto, y dijo, con un acento ligeramente francés: «¿Tengo el honor de ver a monsieur Erksine?» Hughie se inclinó. «Vengo de parte del Barón Hausberg» continuó. «El barón…»

«Le suplico, señor, le ofrezco mis más sinceras disculpas» tartamudeó Hughie.

«El barón» dijo el caballero, con una sonrisa, «me comisionó para darle esta carta.», y le extendió un sobre sellado.

En el`exterior estaba escrito: «Un regalo de bodas para Hugh Erksine y Laura Merton, de un viejo mendigo», y dentro había un cheque por 10000 libras esterlinas. Cuando ellos se casaron, Alan Trevor fue el padrino, y el Barón dijo unas palabras en el desayuno de bodas.

«Los modelos millonarios», señaló Alan, «son muy raros; pero, por Júpiter, los millonarios modelo lo son aún más».

 

El modelo millonario, un cuento de Oscar Wilde

 

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El fragmento de texto correspondiente al relato “El modelo millonario” de Oscar Wilde está disponible bajo la Licencia Creative Commons Atribución CompartirIgual 3.0. Ha sido adaptado parcialmente para la lectura web.