Rima 73 de Bécquer

Comentario de la rima 73

La rima setenta y tres de Bécquer es quizá una de las más famosas del autor sevillano y de las más recordadas de esta colección de rimas. En ella se vuelve a introducir uno de los temas más recurrentes en la poética del autor: la muerte. En esta ocasión se describe una escena fúnebre, un velatorio y un entierro. A través de todas estas etapas podemos advertir también los sentimientos del autor que la contempla. De todas las sensaciones que transmite la rima, una idea emerge notablemente: la soledad de los muertos. Incluso el autor repite varias veces el verso de: “”¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”. También puede ser comprendida, como no, desde la otra perspectiva, la del abandono de las personas en la soledad de la muerte y la desazón que ese abandono provoca en los vivos. Esta sensación, seguramente sepultada por muchas otras más perceptibles ante la muerte. Descubre la rima sin más resumen en Todos los Autores.

Rima LXXIII de Bécquer

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
se veía a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la casa, en hombros,
la llevaron al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
se quedó desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila,
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo;
allí la acostaron,
la tapiaron luego,
y con un saludo
se despidió el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan los huesos…!

*

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
a dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer fueron editadas en el año 1871 en castellano y su género es la poesía. Estas rimas están disponibles bajo la Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0.