La Caída de la Casa Usher

LA CAÍDA DE LA CASA USHER, o EL HUNDIMIENTO DE LA CASA USHER

Autor: Edgar Allan Poe
Fecha de publicación: Septiembre de 1839
Medio: Burton's Magazine
Lugar: Filadelfia, Estados Unidos
Género: Gótico, Terror
Tipo: Cuento, Relato
Idioma original: Inglés
Traducción al castellano

edgar allan poe retrato fotografia

Descripción: 

El relato "La caída de la casa Usher", o también llamado "El hundimiento da la casa Usher" es uno de los principales exponentes de la obra literaria de Edgar Allan Poe. El el relato de los Usher se entremezclan varios exponentes que se repetirían a lo largo de su carrera y que aquí encuentran acomodo de una forma magistral. Esta pieza es colocada como ejemplo de narrativa breve gótica y ha sido analizada y explicada en multitud de ocasiones. Como tal, “La caída de la casa Usher” o “El hundimiento de la casa Usher” es uno de los ejemplos de narrativa gótica del siglo XIX. En El hundimiento de la casa Usher se muestran alguno de los signos que permiten identificar dicho estilo. Como uno de los rasgos de su literartura más aplaudidos, lo gótico se mezcla en las paredes de la mansión Usher de forma íntima y cotidiana, sin ningún alarde estéril, pese a que la narración puramente gótica se sitúa en el territorio de lo sublime, lo magnífico, lo dramático y lo majestuoso. A través de sus frases, Edgar A. Poe describe con genialidad los sucesos ocurridos tras la visita de un viejo amigo a la mansión de los Usher. El ritmo narrativo encamina al lector por la senda de lo sobrenatural, haciendo uso, como en ninguna otra obra del autor, de amplias y mágicas descripciones. Sin entrar a describir la trama, y sin desvelar ninguno de los secretos que solamente se pueden leer por uno mismo, La caída de la Casa Usher muestra la relación íntima entre las diferentes fuerzas; vida, muerte, soledad, desesperación… que tienen en Frederick Usher su principal testigo. Todos los personajes logran transmitir de forma veraz todas las sensaciones que se entremezclan dentro de los muros de la mansión de la antigua familia de los Usher. Los elementos mágicos, la simbología, la atmósfera creada por el autor logra transmitir de la mejor manera todos los referentes de la tradición gótica y que tienen en este cuento uno de sus mejores ejemplos. Acercarse a la casa de los Usher es acercarse a una de las joyas más apreciadas de la literatura de terror y gótica. Una forma de entender la narrativa de Edgar Allan Poe, una aproximación a su gran capacidad descriptiva, este es uno de los cuentos imprescindibles en la larga lista que atesora el autor estadounidense. Lean este magnífico relato, les aseguramos que la visita a la casa de los Usher no se olvida jamás.

 

 

La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe (1839)

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Durante un día de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían pesadas y bajas en el cielo, cruzaba solo, a caballo, una región especialmente triste del país; y, al final de mi camino, me encontré, cuando las sombras de la noche se propagaban, enfrente de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo sucedió, pero al mirar el edificio por primera vez, una sensación de insoportable tristeza penetró en mi espíritu.

Digo insoportable, porque aquel sentimiento no lo mitigaba ninguna de esas emociones semiagradables, por ser poético, con que acoge nuestro espíritu aun las más crudas imágenes de la desolación o del terror. Contemplaba la escena ante mí—la casa, el paisaje característico del dominio, los muros desnudos, las ventanas como ojos vacíos, los juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos—con una completa depresión de alma que solo puede compararse, entre las sensaciones terrenales, con el despertar de un fumador de opio, con esa amarga vuelta a lo real, la horrible caída del velo.

Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza que ningún estímulo podía transformar en sublime. ¿Qué era aquello—me detuve a pensar—, qué era aquello que me desalentaba así al ver la Casa de Usher? Era un misterio insondable; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban mientras reflexionaba. Me vi obligado, insatisfactoriamente, a concluir que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarnos de este modo, aunque el análisis de ese poder oculto se base en aspectos que están más allá de nuestro alcance.

Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la escena, de los detalles del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa impresión dolorosa. Actuando bajo esa idea, empujé mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo; pero, con un estremecimiento más aterrador que antes, contemplé los juncos grisáceos, los troncos blanquecinos y las ventanas como ojos vacíos.

Sin embargo, en aquella mansión lóbrega iba a pasar unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, fue uno de mis joviales compañeros de adolescencia, pero ya habían pasado muchos años desde nuestro último encuentro. Una carta me había llegado recientemente a una alejada parte de la comarca, una carta suya, cuyo carácter de vehemente urgencia no admitía otra respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia física aguda, de un trastorno mental que le oprimía, y de un ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su mal. Era la manera en la que lo dijo y muchas más, la forma suplicante en la que abrió su corazón, lo que no me permitió vacilar, por eso obedecí lo que consideraba yo, pese a todo, un requerimiento muy extraño. Aunque de niños hubiéramos sido amigos íntimos, en realidad sabía poco de mi amigo.

Su reserva fue siempre excesiva y habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una  antigua familia que se había distinguido desde tiempo inmemorial por una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de los siglos en muchas obras de arte elevado, y que se manifestaba desde lejos en actos repetidos de una generosa aunque elegante caridad, así como por una apasionada devoción por las dificultades más que por las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical.

Conocía también el hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher, por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en ninguna época, una rama que fuese duradera; en otras palabras: que la familia entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo insignificantes y pasajeras excepciones. Esa ausencia, pensé, mientras revisaba en mi imaginación la perfecta concordancia de aquellas afirmaciones con lo que define un linaje, reflexionando sobre la posible influencia que la primera podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la otra; esa ausencia, pensaba, de rama colateral, y la consiguiente transmisión directa de padre a hijo, del patrimonio del nombre, era la que había, a la larga, identificado a los dos, hasta el punto de unir el título originario del dominio en la equívoca denominación de "Casa de Usher", denominación usada por los lugareños, y que parecía unir en su espíritu a la familia y la mansión.

Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto infantil—mirar el estanque—fue hacer más profunda aquella primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi progresiva superstición—¿por qué no definirla así? —sirvió para acelerar aquel crecimiento. Así es, lo sé desde hace tiempo, la paradójica ley que rige todos los sentimientos basados en el terror. Y aquella fue tal vez la razón que hizo que, cuando mis ojos se alzaron desde la imagen del estanque hacia la casa, brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en verdad, que si la menciono es para demostrar la fuerza de las sensaciones que me oprimían.

Mi imaginación había trabajado tanto que creía realmente que en torno a la casa y la posesión flotaba una atmósfera peculiar; una atmósfera que no tenía relación con el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los grises muros y del estanque silencioso; un vapor místico y pestilente, oscuro y pesado, de color plomizo. Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y examiné más otra vez el aspecto real del edificio. Su principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad. La decoloración ocasionada por los siglos era evidente.

Pequeños hongos se esparcían por toda la fachada desde el tejado, tapizándola como la fina trama de un tejido. Pero aquello tampoco implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una extraña contradicción entre la perfecta adaptación de las partes y la desunión de las piedras. Aquello me recordaba mucho a la aparente integridad de esas viejas maderas labradas que se han dejado pudrir durante muchos años en alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general, el edificio no presentaba el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado de la fachada, se abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las tétricas aguas del estanque. Observando estas cosas, seguí a caballo por un corto terraplén hacia la casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco gótico del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e intrincados, hacia el estudio de su amo.

Muchas de las cosas que encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas vagas sensaciones de la que he hablado antes. Los objetos que me rodeaban—las molduras de los techos, los sombríos tapices de las paredes, la negrura de ébano de los suelos y los fantasmagóricos trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas—eran cosas muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde pequeño, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como familiares, me sorprendió lo insólitas que eran las visiones que aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante, pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad. Me saludó asustado, y pasó de largo. El criado abrió entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor.

La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta, tenía las ventanas largas, estrechas, ojivales, y estaban a tanta distancia del suelo negro de roble que no eran accesibles desde dentro.

Débiles rayos de una luz roja se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para iluminar levemente los objetos de alrededor; la mirada, sin embargo, luchaba en vano por alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del techo abovedado y esculpido.

Oscuros tapices colgaban de las paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y deslucido. Numerosos libros e instrumentos de música yacían esparcidos alrededor, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la habitación. Sentía que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de severa, profunda e irremisible melancolía se cernía penetrando en todo. A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se asemejaba mucho, tal vez fue mi primer pensamiento, a una exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de mundo ennuyé. Aun así, una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad piedad, mitad pavor.

¡Seguramente ningún hombre jamás cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick Usher! A duras penas podía admitir la identidad de quien estaba frente a mí con el compañero de mis primeros años. Aun así el carácter de su fisonomía había sido siempre notable. Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sin comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de una curva bella; una nariz de un delicado tipo hebraico, pero de una anchura ligeramente superior a lo que acostumbra ese tipo; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía que no era fácil olvidar.

Y ahora, en la simple exageración del carácter de aquellas facciones, y en la expresión que mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba del hombre que estaba sentado enfrente. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora milagroso de los ojos me sobrecogían sin medida, incluso me aterraban. Además, el había dejado crecer su sedoso cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo, relacionar a aquella expresión descuidada con idea alguna de simple humanidad.

En las maneras de mi amigo me chocó lo primero cierta incoherencia, contradicción, y pronto descubrí que aquello procedía de una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. Estaba ya preparado para algo de ese género, no sólo por su carta, sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como indolentes.

Su voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de concisión enérgica, abrupta, pesada, lenta; a ese habla gutural, plúmbea, modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho perdido o en el incorregible comedor de opio durante los períodos de su más intensa excitación. Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era, dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba por encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió rápido, que desaparecía pronto.

Esta afección se manifestaba en una multitud de sensaciones extrañas... Algunas, mientras me las detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos más insípidos; solo podía usar prendas de cierto tejido; los aromas de todas las flores le sofocaban, una luz, incluso débil, atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos peculiares, los de los instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.

Vi que era el esclavo de una especie de terror anómalo. —Moriré— dijo—, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros, no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al pensar en cualquier acontecimiento, del más trivial incidente que pueda actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. De hecho, no aborrezco el peligro, salvo su efecto absoluto: el terror. En tal estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes o después llegará un momento en que me abandonarán a la vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo fantasma: el miedo.

Supe también, a intervalos, y por insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él encadenado a ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir desde hacía muchos años, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta fuerza expresó en términos demasiado sombríos para ser repetidos aquí, influencia que algunas particularidades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; un efecto que lo físico de los muros, las torres grises, y del oscuro estanque había creado al final sobre la moral de su existencia.

Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la muerte—sin duda cercana—de una hermana tiernamente amada, su sola compañera durante largos años, su última y única aliada en la tierra. —Su fallecimiento—dijo él con una amargura que no podré nunca olvidar—me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el último de la antigua raza de los Usher. Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia, desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales sentimientos.

Una sensación de estupor me oprimía conforme mis ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una puerta tras ella, mi mirada buscó instintivamente la cara de su hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban abundantes lágrimas apasionadas.

La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo a sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico. Hasta entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enfermedad, sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe que la mirada que le acababa de dirigir sería, probablemente, la última, y que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos.

En varios días consecutivos no fue mencionado su nombre ni por Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardorosos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintamos y leímos juntos, o si no, escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones de guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me admitía con mayor franqueza en los recodos de su alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del universo moral u físico una incesante tristeza. Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que pasé solo con el dueño de la Casa de Usher.

A pesar de todo, intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de las ocupaciones a las que me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su luz sulfúrea por doquier.            .

Sus largas improvisaciones fúnebres resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aire impetuoso del último vals de Weber.

En cuanto a las pinturas que incubaba su laboriosa fantasía—que llegaba, trazo a trazo, a una vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues temblaba sin saber por qué—, en cuanto a aquella pinturas, de imágenes tan vivas, que aún las recuerdo, en vano intentaría extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondríaco se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso, intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación de los sueños ni siquiera de Fuseli, refulgentes, aunque demasiado concretos.

Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y rectangular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer comprender la idea de que aquella excavación estaba a una profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra. No se veía ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada de rayos intensos rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un lívido e inadecuado esplendor.

Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la guitarra, los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico a sus interpretaciones. Pero no se podía explicar de la misma manera la férvida facilidad de sus impromptus.

Tenían que ser, y lo eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa concentración mental a la que he aludido antes, y que se observa sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial.

Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dio, porque bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su sublime razón se tambaleaba. Aquellos versos, titulados El palacio hechizado, eran, poco más o menos, si no al pie de la letra, los siguientes:


I
En el más verde de nuestros valles,
habitado por los ángeles buenos,
antaño un bello y majestuoso palacio
—un radiante palacio—alzaba su frente.
En los dominios del rey Pensamiento,
¡allí se elevaba!
Jamás un serafín desplegó el ala
sobre un edificio la mitad de bello.


II
Banderas amarillas, gloriosas doradas
sobre su remate flotaban y ondeaban
(esto, todo esto, sucedía hace mucho,
muchísimo tiempo);
y a cada suave brisa que retozaba
en aquellos gratos días,
a lo largo de los muros
se elevaba un aroma alado.


III
Los que vagaban por ese alegre valle,
a través de dos ventanas iluminadas, veían
espíritus moviéndose musicalmente
a los sones de un laúd bien templado,
en torno a un trono donde, sentado
(¡porfirogénito!)
con un fausto digno de su gloria,
aparecía el señor del reino.


IV
Y refulgente de perlas y rubíes
era la puerta del bello palacio
por la que salía a oleadas,
y centelleaba sin cesar,
una turba de Ecos cuya grata misión
era sólo cantar,
con voces de magnífica belleza,
el talento y el saber de su rey.


V
Pero seres malvados, con ropajes de luto,
asaltaron la elevada posición del monarca;
(¡ah, lloremos, pues nunca el alba
despuntará sobre él, el desolado!)
Y en torno a su mansión, la gloria
que rojeaba y florecía
es sólo una historia oscuramente recordada
de las viejas edades sepultadas.


VI
Y ahora los viajeros, en ese valle,
a través de las ventanas rojizas, ven
amplias formas moviéndose fantásticamente
en una desacorde melodía;
mientras, cual espectral río,
a través de la pálida puerta
una horrenda turba sale riéndose,
pero sin sonreír nunca más.

Recuerdo muy bien que las sugestiones nacidas por esta balada nos sumieron en una serie de pensamientos en los que se manifestó una opinión de Usher que menciono aquí, no tanto por su novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo), sino por la tenacidad con la que la mantuvo. Esta opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino inorgánico.

Me faltan palabras para expresar toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta creencia, sin embargo, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con las piedras grises de la mansión de sus antepasados.

Aquí las condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento en las quietas aguas del estanque.

La prueba de aquella sensibilidad estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y alrededor de los muros, de una atmósfera propia.

El resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda, aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan comentarios, y no los haré.

Nuestros libros, —los libros que desde hacía años formaban una parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo— estaban, como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Verver et Chartreuse, de Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D’Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de Campanella.

Uno de sus volúmenes favoritos era una pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el dominico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela, acerca de los antiguos sátiros africanos o egibanos, sobre los cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso libro gótico in-quarto—el manual de una iglesia olvidada—, las Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae. Pensaba en el extraño ritual de aquel libro, y en su probable influencia sobre el hipocondríaco cuando, una noche, habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline había dejado de existir, anunció su intención de conservar el cuerpo durante quince días (antes de su enterramiento final) en una de las criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano, había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la alejada y expuesta situación del panteón familiar.

Confieso que, cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no quise oponerme a lo que consideraba una precaución inocente. A ruegos de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras antorchas, semiacabadas en aquella atmósfera sofocante, no nos permitían apenas ver nada) era pequeña, húmeda y no dejaba penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio. Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales, como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular, agudo y chirriante.

Depositamos nuestra lúgubre carga sobre unos soportes, apartamos un poco la tapa del féretro, que no estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido chocante entre el hermano y la hermana atrajo mi atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos, y que había existido siempre entre ellos una simpatía de naturaleza casi inexplicable. Nuestras miradas no permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado, como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca que es tan terrible en la muerte. Volvimos a colocar la tapa, la atornillamos, y después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores, que no eran menos tristes.

Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena, tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas. Vagaba de estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto. La palidez de su fisonomía había adquirido si es posible, un color más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en ocasiones, y un temblor que como causado por un súbito y fugaz terror, ahora caracterizaba su tono habitual.

Por momentos pensaba que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada por algún secreto opresor que no tenía valor de divulgar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, que se trataba de rarezas inexplicables de la demencia, pues le veía mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar que su estado me aterrase, que incluso me contagiase. Sentía deslizarse dentro de mí, poco a poco, pero con paso seguro, la violenta influencia de sus fantásticas e impresionantes supersticiones. Fue en especial una noche, la séptima o la octava desde que depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales sensaciones.

El sueño no quería acercarse a mi lecho y, mientras pasaban las horas, intenté buscar un motivo al nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los muros crujiendo tétricamente. Pero mis esfuerzos fueron inútiles.

Un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mi corazón. Respiré con violencia, hice un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las almohadas y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad de la habitación, presté oído—no sabría decir qué fuerza instintiva me impulsó —a ciertos ruidos vagos, apagados e indefinidos que llegaban hasta mí a través de los silencios de la tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror, me vestí deprisa (pues sentía que no iba a serme posible dormir en toda la noche) e intenté salir de esa lamentable condición en que me encontraba, recorriendo la estancia de un lado para otro.

Apenas había dado unas vueltas, cuando un paso ligero por una escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente a mi puerta y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y acogí su presencia como un alivio.

—¿Y usted no ha visto esto?—dijo él bruscamente, después de permanecer algunos momentos en silencio mirándome—. ¿No ha visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá. Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta. La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de una rareza singular en su terror y su belleza.

Un remolino había concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas, que pasaban sobre las torres de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo mismo que todos los objetos terrestres alrededor nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja luminosa y visible.

—¡No debes mirar, no mirarás esto! —dije, temblando, a Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—. Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta terrible noche, juntos. El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad, poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación que agitaba al hipocondríaco podría hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido congratularme del éxito de mi propósito. Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar pacíficamente en la morada del ermitaño, se decide a entrar por la fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente:

"Y Ethelred que era por naturaleza de valeroso corazón, y que ahora se sentía, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino que había bebido no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño, quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la malicia; pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos golpes abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a su mano enguantada de hierro; y entonces tirando con ella vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a hueco repercutió de una parte a otra de la selva."

Al final de esta frase me estremecí e hice un pausa, pues me había parecido (aunque pensé enseguida que mi excitada imaginación me había engañado) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba confuso a mis oídos un eco (sofocado y sordo) de crujido y de arrancamiento descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era sin duda, la única coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro, nada que pudiera intrigarme o turbarme. Continué la narración:

"Pero el buen campeón Ethelred, franqueando entonces la puerta, se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con esta leyenda encima:

El que entre aquí, vencedor será;
el que mate al dragón, el escudo ganará.

"Ethelred levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón, que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelred tuvo que taparse los oídos con las manos para resistir aquel terrible estruendo como no lo había él oído nunca antes."

Aquí hice una nueva pausa, y ahora con una sensación de violento asombro, pues no cabía duda de que había oído (me era imposible decir de dónde venía) un ruido débil y lejano, áspero, prolongado, singularmente agudo y chirriante, la contrapartida exacta del rito sobrenatural del dragón descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había figurado.

Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos, conservé, sin embargo, la suficiente calma para tener cuidado de no excitar con una observación cualquiera la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro de que él hubiera notado esos ruidos, aun así, sin duda una extraña alteración se había manifestado en su actitud. De su posición original frente a mí, él había hecho girar gradualmente su silla de tal modo que ahora se encontraba con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo podía ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible.

Su cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero constante oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así:

"Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual, en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido. "

Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y se escuchó como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro, profundo, metálico, resonante.

Incapaz de contener mi excitación salté sobre mis pies, aunque Usher no interrumpió en ningún momento su balanceo. Sus ojos estaban fijos, y toda su fisonomía, contraída por una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió todo su ser, una débil sonrisa tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo apagado y rápido, como si no se diera cuenta de mi presencia. Me incliné sobre él y absorbí al fin el horrendo significado de sus palabras:

—¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído; pero no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy! ¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no me atreví a hablar! Y ahora, esta noche, Ethelred, ¡ja, ja! ¡La puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella aquí dentro de poco? ¿No va a aparecer para reprocharme mi precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato!—y en ese momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como si en aquel esfuerzo exhalase su alma—: INSENSATO. ¡LE DIGO QUE ELLA ESTÁ AHORA DETRÁS DE LA PUERTA!

En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las señales evidentes de la lucha. Durante un momento permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados.

Hui de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando llegué a la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el camino y me volví para ver de dónde podía brotar claridad tan singular, pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La irradiación provenía de la luna llena, roja como la sangre, que ahora brillaba a través de aquella grieta antes apenas visible que se extendía, zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez; hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero del satélite estalló y vi los pesados muros desplomarse, entre un estruendo como la voz de mil cataratas, y el estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y silenciosamente sobre los restos de la Casa de Usher.

Edgar Allan Poe.

El fragmento de texto correspondiente al relato: "La Caída de la Casa Usher", "El hundimiento de la casa Usher" de Edgar Allan Poe está disponible bajo la Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0. Ha sido adaptado parcialmente para la lectura web. "La Caída de la Casa Usher" de fue publicado en Septiembre de 1839 por " Burton's Magazine". Está traducido al castellano del inglés y su género es Gótico y Terror.

Contexto histórico de La Caída de la Casa Usher

En la época en la que fue publicado el relato de la casa Usher, Edgar Allan Poe atravesaba uno de los mejores momentos de su vida, si ese calificativo es siquiera válido para alguna época de su inestable biografía. Al menos en su carrera literaria, ya que en su vida personal seguía rodeado de enfermedad, devaneos con el alcohol y la melancolía, y una escasez total. En este tiempo, Poe participaba en publicaciones periódicas e incluso llegó a ser redactor principal en Burton’s Magazine. En estos meses publicaría numerosos artículos, relatos y críticas literarias, no sin ello ganarse un buen número de enemigos. Ese mismo año publicaría uno de sus libros “Tales of the Grotesque and Arabesque” (Cuentos de lo grotesco y de lo arabesco) donde se incluiría, entre otros, este “La caída de la casa Usher”. Pocos años más tarde, abandonaría esta publicación en busca de nuevos desafíos y alcanzaría su mayor punto de fama.

Adaptaciones de El Hundimiento de la Casa Usher

El relato de la caída de la casa Usher, como casi todos los cuentos de Edgar Allan Poe, ha tenido diversas adaptaciones de todo tipo, desde películas y cortos de animación, pasando por historias, novelas gráficas e ilustraciones de todo tipo, hasta piezas musicales como canciones o incluso ópera. Como podemos observar, es un cuento que influyó en numerosos autores que hicieron de él una parte, o un todo, de una obra adaptada. Entre estas adaptaciones se encuentran:

  • En lo que tiene que ver con las adaptaciones musicales, el hundimiento de la casa usher ha sido adaptada por bandas como The Alan Parsons Project, en su disco dedicado a Poe. En otro punto diferente, Debussy  compuso una ópera, que quedó inacabada, basada en este relato.
  • Ha sido llevado a la gran pantalla en películas en los años 1929, y en 1960 en la película “La caída de la casa Usher” protagonizada por Vincent Price. También ha sido objeto de numeroso cortos y animaciones de todo tipo.

 

1 comentario

La verdad es que este cuento es de los que más me gustan, pero si que es cierto que después de tanto tiempo, con tantas adaptaciones que ha habido muchas veces se pierde la sorpresa que el relato de usher te puede dar. Aun así, muy bueno, de los mejores cuentos.

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