El Gato Negro

EL GATO NEGRO

Autor: Edgar Allan Poe
Fecha de publicación: 19 de agosto de 1843
Medio: Saturday Evening Post
Lugar: Estados Unidos
Género: Terror
Tipo: Cuento, Relato
Idioma original: Inglés
Traducción al castellano

edgar allan poe retrato fotografia

Descripción:

El gato negro es uno de los cuentos de horror más famosos del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Fue publicado por primera vez el 19 de agosto de 1843 en una edición del Saturday Evening Post. El cuento trata de los límites de la locura y su relación con lo cotidiano. La voz en primera persona y el ritmo narrativo hacen de esta pieza una de las más reconocidas de Edgar A. Poe y no hay antología o reunión de relatos del autor que no cuente con "El gato negro" entre sus títulos. Con la maestría característica del autor, la obra relata unos días en la vida de un joven, su mujer y su casa. "El gato negro" cuenta la historia de un matrimonio, de cómo las distintas fuerzas de su relación, tanto históricas como presentes, se manifiestan en todos los protagonistas, incluido un gato que tienen como mascota. En este cuento de Edgar Poe se relata el proceso psicológico del hombre que acaba íntimamente relacionado con el del gato, sin querer meternos en la historia ni desvelar su final. En el caso de “El Gato Negro” también se pueden advertir tintes de tono autobiográfico. Poe siempre mostraba los rasgos domésticos de la locura, así como las perversiones y miedos de la gente vista como normal. El ritmo de la narración, junto con el final arriesgado y espectacular dan personalidad a la narración que comparte señas de identidad claras con respecto a otros títulos de Poe. Se trata, por tanto, de uno de los cuentos referentes del autor, que se sitúa en torno a las temáticas que lo definieron durante toda su vida. En este cuento se une la psicología, el terror, el sadismo, el miedo y la locura, una mezcla a la cual se podrían sumar muchas otras sensaciones más dependiendo de cada lector. Es en ese juego cotidiano y de locura donde se mueve con más acierto el autor, que nos deja con el corazón helado gracias a “El gato negro”, esta gran pieza de la literatura de terror. Como siempre, puedes dejar tu comentario o impresión sobre este cuento en la sección de comentarios. También puedes aprovechar a leer otros cuentos de Poe incluidos en las diferentes secciones de la web.

 

 El Gato Negro, de Edgar Allan Poe (1843)

:

No espero ni pido que se crean la narración tan sencilla como extravagante que está a punto de brotar de mi pluma. Locura sería en verdad el esperarlo, pues mis propios sentidos rechazan su evidencia. Sin embargo, no estoy loco, ni estoy soñando, eso seguro. Pero mañana voy a morir, y quiero aligerar el peso de mi alma. Mi propósito inmediato es presentar llana y sucintamente a los ojos del lector, sin comentario de ninguna clase, una serie de simples acontecimientos domésticos. En sus consecuencias, estos acontecimientos me han aterrorizado, me han torturado, me han deshecho. A pesar de todo, no trataré de interpretarlos. Para mí sólo han representado el Horror; para muchos otros serán quizá no tanto terribles como barrocos. Es posible que se encuentre después algún modo de entender las cosas que reduzca mi fantasma a los límites de lo vulgar; algún entendimiento más sereno, más lógico y mucho menos excitable que el mío, capaz de percibir en las circunstancias que expreso, lleno de pavor, simplemente una sucesión ordinaria de causas y efectos naturales.

Desde mi niñez me hice notar por tener un temperamento dócil y tierno. La bondad de mi corazón revestía caracteres de delicadeza tan exquisita, que era el blanco de las burlas de mis compañeros. Era particularmente querido por los animales, y mis padres condescendían con esta inclinación dándome gran diversidad de mascotas, a las que dedicaba la mayor parte de mi tiempo; y nunca era tan feliz como cuando les alimentaba y acariciaba. Esta peculiaridad de mi carácter aumentó en la adolescencia, y aun en la virilidad derivaba de aquella fuente muchos de mis mejores goces. No necesito explicar a los que hayan sentido afección por algún perro fiel e inteligente la intensidad de placer que produce este sentimiento. Existe en el amor generoso y abnegado de un animal algo que va directamente al corazón de aquel que haya tenido ocasión de comprobar la ruin amistad y la lealtad tan deleznable del hombre.

Me casé joven y tuve la suerte de encontrar en mi mujer inclinaciones semejantes a las mías. Observando mi afición por los animales, no perdía ella la ocasión de procurarse los mejores. Teníamos pájaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un pequeño mono y un gato.

Era éste un enorme y hermoso animal, todo negro, e inteligente hasta un grado excepcional. Al ocuparnos de su inteligencia, mi mujer, que tenía gran fondo de superstición, hacía frecuentes alusiones al la antigua creencia que considera todos los gatos negros como brujas disfrazadas. No es que ella creyese también eso; y si menciono la idea, es por la sencilla razón de que la recuerdo ahora de pasada.
Plutón, que así se llamaba el gato, era el preferido entre todos y mi compañero habitual de juegos. Solamente le alimentaba yo, y él acostumbraba seguirme por todas partes de la casa, tanto que me era muy difícil evitar que hiciera lo mismo también por la calle.

Nuestra amistad continuó así varios años, durante los cuales, y a impulsos del demonio Intemperancia (me da vergüenza confesarlo), mi temperamento y mi carácter sufrieron una radical alteración hacia el mal. Día a día, cada vez era más taciturno e irritable, y guardaba menos consideración hacia los demás. Aun me permitía usar con mi mujer un lenguaje destemplado, llegando después hasta la violencia personal. Mis mascotas tuvieron que sentir también ese cambio de carácter. No solamente les descuidaba, sino que abusaba de ellos. Sin embargo, Plutón todavía conservaba ciertos privilegios que me impedían maltratarle, como lo hacía sin escrúpulos con el mono, los conejos y el perro, cuando por cariño o por casualidad se atravesaban en mi camino. Pero la enfermedad avanzaba—¡el Alcohol es semejante a una enfermedad!—y al final hasta Plutón, que se volvía viejo e impertinente, comenzó a sufrir los efectos de mi mal temperamento.

Una noche en que regresaba a casa muy borracho, después de una orgía en una de mis guaridas habituales de la ciudad, se me ocurrió que el gato evitaba mi presencia. Le cogí y, en su terror por mi violencia, me mordió la mano haciéndome una pequeña herida. Instantáneamente se apoderó de mí una furia demoníaca. No me conocía a mí mismo. Mi alma prístina parecía haber escapado en aquel momento de mi cuerpo y una maldad diabólica, alimentada por la ginebra, estremecía todas mis fibras. Saqué un cortaplumas del bolsillo de mi chaleco, lo abrí, y arranqué de su órbita uno de los ojos del animal. ¡Me avergüenzo, me quemo, me horrorizo, al escribir esta abominable atrocidad!

Cuando al día siguiente volví a la razón, después de haber dormido los humos de la orgía nocturna, experimenté un sentimiento mitad de horror mitad de remordimiento por el crimen cometido, pero era un sentimiento débil y equívoco que no llegó a conmover mi alma. Me sumergí de nuevo en los excesos y ahogué pronto en vino la memoria de mi hazaña.

Al mismo tiempo el gato se recobraba lentamente. El hueco vacío del ojo presentaba, es verdad, terrible aspecto; pero el animal no parecía sufrir ningún dolor. Iba y venía por la casa como de costumbre pero, como era de esperar, huía aterrorizado cuando yo me acercaba. Tenía todavía bastante corazón para sentirme apenado por esta evidente prueba de desafecto de parte de un ser que tanto me había amado en otro tiempo. Pero este sentimiento se convirtió pronto en irritación. Y se presentó entonces, para confirmar mi depravación final e irrevocable, el espíritu de Perversidad. De este espíritu no se ocupa la filosofía. Sin embargo, no estoy tan seguro de la existencia de mi alma como de que la perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazón humano: una de las facultades primordiales e indivisibles que definen la orientación del carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo alguna acción vil y torpe por la sola razón de que no debería hacerlo? ¿No existe acaso en nosotros, cierta perpetua inclinación a violar la Ley, contra todo el torrente de nuestro buen criterio, y sólo porque comprendemos que tiene razón de ser? El espíritu de perversidad, decía, vino a poner el colmo a mi depravación. Aquella ansia infatigable del alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por puro gusto, me impulsaba continua y tenazmente a consumar el daño que había inflingido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, pasé un lazo por su cuello y lo colgué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con lágrimas que corrían por mis ojos y el remordimiento más amargo que laceraba mi corazón. Lo ahorqué porque sabía que me había amado y porque sentía que no me había dado motivo de ofensa. Lo ahorqué porque comprendía que al hacerlo así cometía un pecado, un pecado mortal que exponía mi alma a encontrarse, si eso era posible, más allá de la gracia infinita del Dios más misericordioso y más terrible.

En la noche del día en que cometí esta crueldad, desperté a los gritos de incendio. Las cortinas de mi cama estaban convertidas en llamas. Toda la casa ardía. A duras penas pudimos escapar de esta conflagración mi mujer, mi criada y yo. Todas mis riquezas desaparecieron repentinamente, y desde entonces me entregué a la desesperación.

No quiero establecer relación alguna de causa y efecto entre el desastre y la atrocidad cometida. Pero describo una cadena de acontecimientos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todos los muros, con excepción de uno, se habían desplomado. El que continuaba en pie era la pared no muy gruesa de una habitación situada en el centro de la casa, y contra la cual descansaba antes la cabecera de mi cama. El estuco había resistido allí en gran parte la acción del fuego, probablemente porque era muy nuevo y resistente. Una densa muchedumbre se había apiñado cerca de este muro, y muchas personas parecían examinar cierta parte con viva y minuciosa atención. Las palabras "¡extraño!" "¡singular!" excitaron mi curiosidad. Me acerqué y pude observar la figura de un gato gigantesco grabado como bajo relieve sobre la superficie blanca de la pared. La impresión se había fijado allí con detalles verdaderamente maravillosos. También se veía una cuerda alrededor del cuello del animal.

Cuando se presentó por primera vez ante mis ojos esta aparición—pues difícilmente podía considerarla de otro modo—mi sorpresa y mi terror fueron enormes. Pero después reflexioné. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. A la voz de fuego, el jardín se llenó de gente inmediatamente; y una de aquellas personas cortó sin duda la cuerda de que pendía el animal, arrojándolo a mi habitación por alguna ventana abierta. Probablemente querían despertarme. El desplome de los otros muros comprimió seguramente contra el estuco fresco a la víctima de mi crueldad y la cal de la mezcla, combinada con el amoniaco del cuerpo, y por efecto de las llamas, había producido la figura que allí aparecía.

A pesar de que tranquilicé mi razón, no mi conciencia, acerca del hecho sorprendente que acabo de relatar, no dejé de estar impresionado. Durante largos meses no pude librarme del fantasma del gato y en este período se apoderó también de mi espíritu cierto vago sentimiento que se asemejaba al remordimiento aunque en realidad no lo fuera. Llegué hasta deplorar la pérdida del animal y a buscar a mi alrededor, en los abyectos lugares que frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de apariencia semejante para reemplazarle.

Una noche en que estaba sentado, medio embrutecido, en uno de aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles de ginebra o de ron que constituían el principal mobiliario de la habitación. Había estado mirando fijamente por varios minutos la parte superior del barril, y lo que causaba mi mayor sorpresa era la circunstancia de no haber advertido antes el objeto en cuestión. Me acerqué y lo toqué. Era un gato negro, muy grande, tan grande como Plutón y semejante a él en todos sus detalles con excepción de uno solo. Plutón no tenía un pelo blanco en ninguna parte del cuerpo, mientras este gato tenía un gran grupo de manchas blancas en el pecho.

Al tocarle, se levantó al instante, se restregó contra mi mano, y pareció deleitarse con mi atención. Éste era pues el ser que andaba buscando. Inmediatamente le dije al tabernero que quería comprarlo, pero él me dijo que no era su dueño: no conocía al gato; jamás lo había visto antes.

Continué acariciándole, y cuando me preparaba a regresar a mi casa, el animal quiso acompañarme. Le permití hacerlo así, deteniéndome de vez en cuando a darle palmaditas antes de proseguir. Cuando llegamos a la casa se domesticó inmediatamente, haciendo al punto grandes migas con mi mujer.

Por lo que a mí toca, pronto sentí despertarse dentro de mí cierta antipatía por el animal. Era justamente lo contrario de lo que esperaba pero, no sé cómo ni por qué, su evidente afección me repugnaba y me hastiaba. Poco a poco este sentimiento de tedio y repugnancia se convirtió en odio despiadado. Evitaba al animal; pero cierta sensación de vergüenza, y el recuerdo de mi crueldad anterior, me impedían maltratarlo. Durante varias semanas no lo golpeé, ni lo traté con violencia alguna; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a mirarlo con aversión intolerable, y a huir en silencio de su odiosa presencia como de un hálito pestilente.

Lo que aumentó indudablemente mi aversión por el animal fue el descubrimiento, a la mañana siguiente de haberle traído a casa, de que, a semejanza de Plutón, no tenía un ojo. Esta circunstancia, sin embargo, lo hizo más caro a mi mujer, quien, como dije antes, poseía en alto grado aquella humanidad de sentimientos que había sido en otro tiempo uno de mis rasgos distintivos y fuente de muchos sencillos y puros placeres.

Con mi odio por el gato parecía aumentar, sin embargo, su predilección por mí. Seguía mis pasos con insistencia tal que sería difícil hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentase se acurrucaba bajo la silla o saltaba sobre mis rodillas cubriéndome de sus repugnantes caricias. Si me levantaba a pasear, se metía entre mis pies casi haciéndome caer; o clavando en mis vestidos sus largas y afiladas garras, se encaramaba de este modo hasta mi pecho. En tales momentos, aun cuando hubiera deseado aplastarlo de un golpe, me sentía cohibido para hacerlo, parte por el recuerdo de mi crimen anterior, pero principalmente, dejadme confesarlo al fin, por el terror absoluto que me inspiraba el animal.

Este terror no era precisamente de daño físico; y sin embargo, no sabría cómo definirlo. Me siento casi avergonzado de confesar (sí, aun en esta celda de criminal, estoy casi avergonzado de confesar) que el espanto y el horror que el gato me inspiraba aumentaban por una quimera tan fantástica que es posible imaginar. Mi mujer me había llamado la atención más de una vez sobre la mancha de pelo blanco, que era la única diferencia visible entre este extraño animal y el que yo había ahorcado. El lector recordará que esta marca, aunque grande, era al principio indefinida; pero tenía pequeñas lineas, lineas casi imperceptibles, y que mi razón luchó mucho tiempo por rechazar como fantasías. Pero al final asumí la claridad del dibujo. Representaba un objeto que me estremezco de nombrar y por eso, sobre todo, aborrecía y temía. Me habría librado del monstruo de buena gana, si me hubieraatrevido. Representaba, decía, la imagen de algo espantoso, una cosa horrible: ¡el Patíbulo! —¡oh, lúgubre y funesta máquina de horror y de crimen, de agonía y de muerte!

Y me encontraba yo verdaderamente desventurado, más allá de los límites de miseria que es dado soportar a la pobre humanidad. ¡Y había de ser una bestia irracional, a cuyo semejante destruí con menosprecio; había de ser una bestia irracional quien me causara a mí y a , un hombre, formado a imagen de Dios, este sufrimiento intolerable! ¡Ah! ¡Ni de día ni de noche volví jamás a saborear la bendición del descanso! ¡Durante el día la bestia no me dejaba solo un momento; y en la noche despertaba a cada instante de sueños de terror insuperable para sentir sobre mi rostro el ardiente aliento de la cosa y su flácido peso oprimiendo eternamente mi corazón como pesadilla encamada que no tenía el poder de sacudir!

Bajo la presión de esta tortura sucumbieron los pocos restos del bien dentro de mí. Los malos pensamientos eran mi sola compañía, los más negros y depravados pensamientos. La acostumbrada irritabilidad de mi carácter aumentó hasta el aborrecimiento de todas las cosas y de toda la humanidad; mientras mi mujer, sin una queja, era ¡ay de mí! la víctima diaria y paciente de los súbitos, frecuentes e incontenibles arranques de furia a los que entonces me abandonaba ciegamente.

Un día me acompañaba ella en algún recorrido casero por los sótanos del viejo edificio que nuestra pobreza nos compelía a habitar. El gato me seguía por las escaleras, y haciéndome casi precipitar, me exasperó hasta la locura. Cogiendo un hacha, y olvidando en medio de mi ira el terror infantil que hasta entonces había detenido mi mano, asesté un golpe al animal, que le habría sido fatal instantáneamente a caer como yo lo deseaba. Pero la mano de mi mujer desvió el golpe. Arrastrado por su intervención a una ira más que demoníaca, desasí el brazo que ella me sujetaba y hundí el hacha en su cabeza. Cayó muerta en el sitio, sin un gemido.

Cometido el horroroso asesinato, me dediqué sin tardanza y con entera deliberación a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía bien que no podría sacarlo fuera de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Diversos proyectos se presentaron a mi imaginación. A veces pensaba en cortar el cuerpo en fragmentos pequeños y hacerlos desaparecer por medio del fuego. Otras, pensaba en cavar una sepultura en el suelo del sótano. Luego, deliberaba sobre si sería conveniente arrojarlo al pozo del patio; o empacarlo como mercadería en un cajón y buscar un mozo de cuerda que lo sacara fuera de la casa. Finalmente, di con lo que me pareció mejor plan que todos los anteriores. Determiné emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían con sus víctimas los monjes de la edad media.

La cueva se adaptaba muy bien para tal objeto. Sus muros estaban construidos con gran solidez, y recientemente habían sido revocados con una mezcla que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Existía, además, en uno de los muros una protuberancia causada por cierta falsa chimenea que se había rellenado para nivelarla con el resto del sótano. No puse en duda que fácilmente se podría remover los ladrillos en aquel sitio, colocar allí el cuerpo y dejar el muro como estaba para que nadie pudiera percibir nada sospechoso.

Mis cálculos no me engañaron. Con ayuda de una barra de hierro arranqué fácilmente los ladrillos, y depositando cuidadosamente el cadáver contra la pared interior, lo mantuve en esta posición mientras que, con poco trabajo, volvía a rehacer el muro. Haciéndome con argamasa, arena y filamentos con las precauciones posibles, preparé un compuesto que no pudiera distinguirse del enlucido antiguo y lo coloqué esmeradamente sobre el nuevo enladrillado. Al concluir, me sentí satisfecho de mi obra. El muro no ofrecía la más ligera señal de haberse removido. Recogí los fragmentos del suelo con el cuidado más minucioso. Miré triunfante alrededor y me dije a mí mismo: "¡Aquí, por lo menos, mi labor no ha sido en vano!"

Me preocupé enseguida de buscar al animal que había causado tanta desventura, porque al fin había decidido firmemente deshacerme de él. Si lo hubiera encontrado en aquel momento, su suerte no habría sido dudosa, pero parecía que el taimado gato, alarmado por la violencia de mi cólera, evitaba afrontar mi actual disposición. Es imposible describir o imaginar la intensa sensación de reposo bienaventurado que produjo en mi pecho la ausencia de esta detestada criatura. Tampoco apareció en la noche y así, por una vez siquiera, desde su llegada a la casa, dormí con sueño profundo y tranquilo, dormí, ¡ay, a despecho del asesinato que pesaba sobre mí alma!

Transcurrieron el segundo y el tercer día, y mi atormentador no se presentó. Respiré de nuevo como hombre libre. ¡El monstruo, en su terror, había abandonado la casa para siempre! ¡No lo vería más! ¡Mi felicidad era suprema! La perversidad de mi negro crimen no me molestaba apenas. Tuvieron lugar algunos interrogatorios que fueron contestados fácilmente. Se hizo una pesquisa en la que, por supuesto, nada pudieron descubrir. Creía ya asegurada mi felicidad futura.

Hacia el cuarto día después del asesinato, se presentó en la casa sin previo aviso un grupo de la policía y procedió de nuevo a verificar rigurosa investigación en el edificio. Seguro como me hallaba de que mi escondrijo era inescrutable, no sentí preocupación alguna. Los oficiales me ordenaron acompañarles en su pesquisa. No dejaron rincón ni esquina sin escudriñar. Al fin, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. Ni uno sólo de mis músculos se conmovió. Mi corazón latía tranquilamente como el de aquel que duerme en la inocencia. Paseé la cueva de un extremo al otro. Había cruzado los brazos sobre el pecho y vagaba sin inquietud de acá para allá. La policía se mostró enteramente satisfecha y se preparaba ya para irse. El júbilo era demasiado grande en mi corazón para poder refrenarlo. Me quemaba por decir algo, una palabra de triunfo siquiera, para afirmar más aún la certeza de mi inocencia.

"Caballeros," dije al fin, cuando el grupo comenzaba a subir las escaleras, "estoy deleitado al ver que vuestras sospechas se han desvanecido. Os deseo salud y un poquillo más de cortesía. A propósito, caballeros, ésta es una casa muy bien construída." (En mi rabioso deseo de decir algo con desenvoltura, apenas sabía ya lo que hablaba). "Hasta diré admirablemente bien construída. Estos muros—¿os vais, caballeros?—estos muros están edificados con gran solidez;" y entonces, por puro frenesí de bravata, golpeé pesadamente con un bastón que llevaba en la mano la misma construcción de ladrillos tras de la cual se encontraba el cadáver de la esposa de mi alma.

Pero ¡así me libre Dios y me defíenda de las fauces del Enemigo! Apenas la repercusión de los golpes se ahogó en el silencio, cuando ¡una voz contestó dentro de la tumba! Un gemido, ahogado e interrumpido primero y semejante al llanto de un niño, que pronto se elevó convirtiéndose en grito largo, fuerte y sostenido, completamente anormal y nada humano; un alarido, un chillido lamentoso, mitad de horror y mitad de triunfo, como puede oírse brotar solamente del infierno, reuniendo el grito de agonía de los condenados y la exultación de los demonios por su condenación.

Sería locura hablar de mis sentimientos. Desfallecido, retrocedí titubeando hasta el muro opuesto. Por un momento, el grupo se quedó inmóvil en las escaleras a causa de su extremo horror y espanto. Acto seguido, una docena de brazos robustos golpearon el muro. Cayó completamente. El cadáver, ya descompuesto, y cubierto de grumos de sangre coagulada, permanecía erguido ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca distendida, y echando fuego por su único ojo, estaba la asquerosa bestia cuya astucia me indujo al asesinato, y cuya voz informe me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo dentro de la tumba!

Edgar Allan Poe.

 

El fragmento de texto correspondiente al relato de "El Gato Negro", escrito por Edgar Allan Poe está disponible bajo la Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0. Ha sido adaptado parcialmente para la lectura web. "El Gato Negro" de fue publicado el día 19 de Agosto de 1843 por " The Saturday Evening Post". Está traducido al castellano del inglés y su género es de Terror.

Contexto histórico de El gato negro

En la época en la que se escribió “El Gato Negro”, Poe pasaba por una época difícil, justo después de conocer la enfermedad de su mujer Virginia, que padecía de lo que ahora se podría diagnosticar como tuberculosis. En ese tiempo, Edgar Allan Poe había recurrido a la bebida y a sustancias opiáceas y una vez más era testigo de situaciones, como la enfermedad de su mujer que le marcaron durante toda su vida. En ese tiempo intentó trabajar en la administración pública, en diversos periódicos y publicaciones haciendo trabajos como escritor freelance. Años más tarde se mudaría a Nueva York donde seguiría trabajando en el ámbito de publicaciones y revistas.

Adaptaciones de El gato negro

  • Esta obra, dada su importancia dentro de la carrera de Poe, ha servido para múltiples ediciones de libros y antologías de sus cuentos y relatos más famosos.
  • También ha servido como base para la ilustración, con conocidos libros y novelas gráficas que utilizan este relato como su argumento principal. Toda la obra de Edgar Allan Poe ha sido sujeto de interpretaciones artísticas de todo tipo. La ilustración ha sido una de las que mejor han sabido captar el carácter de la obra, marcada por tintes románticos y góticos.
  • En el cine, ha sido llevado a la gran pantalla en adaptaciones de todo tipo. La más famosa, en la película titulada "Satanás" o "The black cat", basada en el cuento y protagonizada por actores como Bela Lugosi.

Como se puede observar la importancia de El gato negro se manifiesta también en el número de adaptaciones que se han hecho de sus líneas.

 

2 comentarios

Hola!, a mi me encantó el cuento del gato negro. Me parece de los mejores que tiene Poe y además es una obra maestra. Muy bien que se pueda leer tan fácilmente, aunque quizás no es para todos los públicos, si te gusta el autor, sin duda te gustará este cuento.

Una gran pieza de la literatura, el gato negro describe todo lo grande de la prosa de poe. Es uno de los mejores cuentos que conozco de toda su lista así que un placer leerlo de nuevo. espero encontrar muchos relatos más.

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